mea máxima

Mea Maxima Culpa: Silencio en la Casa de Dios es una película-documental del año 2012 dirigida por Alex Gibney. La película supone la primera protesta conocida contra el abuso sexual clerical en los Estados Unidos y está basada en lo que les pasó a cuatro hombres sordos. Cuenta con las voces de los actores Jamey Sheridan, Chris Cooper, Ethan Hawke y John Slattery, que son las voces de los entrevistados sordos.

El título se deriva del latín, en concreto de la frase mea maxima culpa. Está tomado de la Confiteor, una de las partes de la misa católica y que viene a significar algo  así como mi gran culpa

La película examina el abuso de poder en la Iglesia Católica a través de la historia de cuatro hombres sordos que fueron objeto de abusos sexuales por un sacerdote a mediados de los años 60. Estos hombres sacaron a la luz el primer caso conocido de protesta pública contra el abuso sexual por parte de miembros de la Iglesia Católica, que luego desembocó en el caso de escándalo sexual conocido como el caso Lawrence Murphy. A través de su caso, la película sigue a un encubrimiento que serpentea desde las hileras de casas de Milwaukee, en Wisconsin, a través de los coros desnudos de iglesias irlandesas, hasta llegar al más alto cargo del Vaticano.

La polémica nació en la ciudad de Milwaukee en los años sesenta, no porque sea el primer caso de abusos sexuales, sino porque fue el primer caso que llegó al conocimiento de la sociedad. Allí, el sacerdote Murphy, encargado de un internado católico de sordomudos, abusaba sexualmente de los niños aprovechando sus dificultades para comunicarse, pensando que no llegarían a delatar sus actos. De hecho, el documental muestra cómo el objeto de deseo de los sacerdotes fue, en un primer momento, el colectivo sordomudo, pues en los años sesenta todavía eran considerados prácticamente personas con discapacidad mental, y apenas se les escuchaba: fue necesario un movimiento de reivindicación para que su situación cambiase. Como ejemplo de esta marginación tenemos el intento de narrar los abusos a la policía, que les encerró y les dejó libres sin mover un dedo, pues no creyeron sus declaraciones. No se atrevieron a revelar los abusos hasta después de graduarse, pero lo hicieron colocando carteles por el pueblo donde se utilizaba el código del gangster: Se busca al padre Murphy, sin número de contacto,  como una llamada de atención; y mientras tanto, la Iglesia mantenía en secreto estos casos.

Para presentar sus casos, Mea Maxima Culpa recurre a entrevistas directas a los protagonistas y a imágenes de archivo, con instantáneas del padre Murphy y de ellos en el internado, aunque siempre con gran sutileza, evitando entrar en su vida privada. Ahora bien, aquí se produce una cierta inconsistencia: los entrevistados son sordomudos, que se comunican con el idioma de señas que aparece subtitulado; sin embargo, al respeto absoluto por su comunicación por señas en el plano, que nunca suprime, añade una voz en off de actores célebres, como Ethan Hawke, que sirven como dobladores y narradores verbales de la cinta. Este doblaje sirve para imprimir un ritmo mayor a la narración, pero creemos que hubiese sido más acertado recurrir, únicamente, a los subtítulos.

Su primera parada es en los internados para sacerdotes pederastas que el grupo de los Paráclitos ha construido por todo el país. En ellos se trata de reformar sus desvíos con métodos de religiosidad, no psicológicos. Así, en lugar de facilitarles tratamiento especializado, la solución fue camuflar, porque el prestigio de la Iglesia está por encima de todas las cosas. El problema es que este prestigio se derrumbó de forma abrupta cuando aparecieron los casos en la prensa.

Asimismo, la idea más común asocia la pederastia de la Iglesia católica con el mundo anglosajón, pero Mea Maxima Culpa pretende derribar esa idea: tras Milwaukee, su próxima parada es Irlanda, donde analiza el caso de un sacerdote que se vestía de Elvis para ofrecer conciertos y que abusó durante décadas también de niños sordomudos, mientras que la Iglesia irlandesa también mantenía el silencio. Y de allí se traslada a Italia, para acercarse al centro de su crítica: el Vaticano. Porque lo que desea Alex Gibney es buscar la responsabilidad de las altas jerarquías ante su silencio continuado, y apunta al ex-papa Ratzinger, quien como máximo responsable al frente de la Doctrina de la Fe, era conocedor de los casos. Ofrecen un retrato bastante humano del ex papa, no desean demonizarlo: señalan que se escandalizaba ante los abusos, pero que ha habido una lentitud en la reacción hacia las polémicas.

La crítica de Mea Maxima Culpa a las jerarquías eclesiásticas parece sugerir una idea: la propia curia produce, de forma estructural, sacerdotes con tendencia a los abusos sexuales, ante la rigidez del celibato impuesto; de ahí que los casos sean específicos de la Iglesia Católica. Asimismo, todo el documental está construido con una música de cariz religioso constante, tocada al piano, que acompaña toda la declaración aunque de forma sutil: el resultado es que el visionado de Mea Maxima Culpa parece una epifanía, se asiste a la sala como si estuviésemos ante una revelación. Además, si en algo destaca Gibney es en el preciso y dinámico ritmo que imprime en sus documentales, y que lleva a una escalada de tensión hasta llegar a la cúspide del estamento eclesiástico. Sin duda, uno de los trabajos más memorables de Gibney, y que dará que hablar.